Chiquitania

El proyecto es una síntesis de la investigación realizada entre 2016 y 2019 en 10 pueblos misionales de la región de la Chiquitania, en Bolivia, en la frontera con Brasil, donde viví durante dos años para capturar la esencia de la cultura.

En medio de la selva, las misiones jesuitas en Sudamérica datan del siglo XVII, abarcando Argentina, Paraguay, Brasil y Bolivia, con más de 40 comunidades o reducciones con legado artístico con raíces indígenas de los pueblos originarios que habitan estas áreas y fueron evangelizado por los jesuitas de una manera peculiar, sin ser una aculturación violenta. Este legado artístico incluye música, arquitectura, tallado en madera, tejidos, cerámica y pintura, representando uno de los tesoros más valiosos de la región. Debido a su aislamiento, los pueblos misioneros permanecieron hasta hace poco en el olvido, con un pasado histórico poco conocido.

Las misiones jesuitas fueron declaradas por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad, persisten después de tres siglos y hoy permanecen en pie, como “pueblos vivos” y se palpa en sus costumbres, tradiciones y manifestaciones artísticas, lo que dio lugar a una identidad con sus características propias, donde destaca la arquitectura, la música barroca misionera y la danza con sus personajes.

En estas latitudes donde parece que estamos inexorablemente solos, existen pueblos en medio del Bosque Seco Chiquitano, para mi son santuarios de la naturaleza en el corazón de Sudamérica, mi mente se remonta a esos días en que fue selva casi virgen, el aire de aislamiento y cielos de otros siglos que esconden historias y leyendas que cobran vida y fueron la inspiración en mi obra.

Es un mágico lugar apartado del exaltado mundo, un punto perfecto para crear, es como detener el tiempo y sentir sabor a paz y lejanía. Durante mi investigación las vivencias con los pueblos, recorrer los templos que se conservan por más de 300 años, caminar por esas calles de tierra colorada y escuchar las melodías del archivos misional, conformado por más de tres mil partituras de música barroca misional, compuestas durante la época de las misiones jesuíticas, me alimentaron para crear un nuevo lenguaje plástico contemporáneo concebido a partir de lo que pude absorber de este legado cultural que se originó con el sincretismo entre las creencias indígenas y el catolicismo.

Casa de la Cultura Raúl Otero Reich, Santa Cruz, Bolivia (2017)

Cena Chiquitana / acrílico / 150x220 cm / 2017

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Después de una tormenta / acrílico / 75x95 cm / 2017

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Sinfonía / acrílico / 145x196 cm / 2020

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Cena Chiquitana / acrílico / 150x220 cm / 2017

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"Las culturas antiguas inspiran para mirar la modernidad con identidad"

Acogida chiquitana / acrílico / 140x200 cm / 2019

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Adios nonino / acrílico / 85,5x155 cm / 2020

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Esencia cautivadora / acrílico / 130x195 cm / 2016

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Acogida chiquitana / acrílico / 140x200 cm / 2019

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ABUELO CHIQUITANO

Cuando llegaron los jesuitas a las tierras chiquitanas se encontraron con diferentes pueblos indígenas quienes se resistían a ser evangelizados, se quedaban fuera de los templos usando máscaras y bastones que son una sátira a los españoles. Posteriormente se produce una simbiosis con la religión católica, actualmente se usan las máscaras en las festividades de San José de Chiquitos en Mayo y Santiago de Chiquitos en Julio, detrás de la máscara existe una mística que guarda la identidad de esta región, la personalidad peculiar amable y picaresca del personaje caracteriza a los pobladores.

 

Fue una fría madrugada de Julio donde conocí al Abuelo Chiquitano, cientos de promesantes danzan al ritmo de los paichochises acompañados del ritmo de la tamborita, en ocasiones se detienen y dan vueltas para continuar con su recorrido por las calles del pueblo.

Cuentan los ancianos que antiguamente cada uno se confeccionaba su máscara para salir a bailar, que es tallada de la raíz del árbol conocido como toco. El uso de la máscara es personal y solo puede ser regalada a alguien muy especial o heredada, tengo una colección particular de varias máscaras que llegaron a mi vida de diferentes personas y cada una cuenta una historia.

El abuelo chiquitano es un personaje que para mí tiene alma propia, se apoderó de mis lienzos y me llevó a recorrer diferentes lugares de Bolivia y el exterior para mostrar su cultura. Cada cuadro adopta una personalidad propia, su expresión, sus facciones y su mirada se van dando espontáneamente como si no tuviese control de los pinceles.

Galería de arte del Hotel Los Tajibos, Santa Cruz, Bolivia (2016)

Caminar de Piñokas / acrílico / 450x200 cm / 2017

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Ritual / acrílico / 110x248 cm / 2020

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Entre cintas que dan movimiento a la fe / acrílico / 90x150 cm / 2017

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Caminar de Piñokas / acrílico / 450x200 cm / 2017

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YARITUSES

 Un ritual del pueblo Piñoka que habitaban lo que hoy es San Javier en la Chiquitania, cuyo origen se remonta a la época precolombina, era realizada en honor al dios Piyo para pedir y agradecer por la buena caza y cosecha, en señal de reprocidad y armonía con la naturaleza.

El personaje principal del ritual es el Yaritú, que lleva una máscara de tela con plumas de piyo en la parte superior y los abuelos que acompañan el ritual portando un panacú ( Tejido de hojas de motacú a manera de bolsa) donde llevan frutos y animales que son sus ofrendas que luego serán compartidas entre la comunidad. Posteriormente, con la llegada de los jesuitas y la evangelización se produce un sincretismo con la religión católica y pasa a ser en honor a San Pedro y San Pablo, además e introducir en su vestimenta una muñeca con cintas que representa a la Virgen María.

 

Tuve la oportunidad de acompañar el proceso de declaración de este ritual como Patrimonio Cultural Inmaterial de Bolivia, conocer de cerca la cultura de San Javier, convivir con su gente y investigar de cerca ese legado que hoy lucha por permanecer vivo.

Esa mística de los personajes y su cosmovisión fue el motor de mi proceso creativo y sobre todo la sabiduría ancestral de los pueblos antiguos que vivían en armonía y total respeto con la naturaleza se convirtió en mi estilo de vida.

Espacio de arte Manzana 1, Santa Cruz, Bolivia (2017)

Murales

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